AUGUSTE RODIN II
Para comprender la importancia del papel precursor ejercido por Rodin en la escultura del siglo XXI, es preciso recordar las circunstancias de la escultura del siglo XIX. Mientras que la pintura, nutrida por la multifacético genialidad de sus cultores, brilla con un esplendor parangonable al que tuvo en Europa en los siglos XV y XVI, la escultura se ha estancado en la repetición de fórmulas de un neoclasicismo decadente y carente de savia.
De todos modos, a los escultores no les falta trabajo: encargos oficiales para la decoración de edificios públicos e iglesias, monumentos conmemorativos y fúnebres y retratos. A estos diversos géneros se agregan las esculturas para particulares que responden al gusto de un público de admiradores cada vez más numeroso. Pero abundancia no es sinónimo de calidad. El escultor romántico Auguste Préault (1809-1879) declara “mediocridad de primer orden: esto es lo que la masa necesita”, y esa aseveración brinda una precisa idea de cual era, entonces, el nivel de la creación artística. Pese a todo, hay algunos nombres que se destacan: François Rude (1784-1855), Antoine Barye (1796-1875), Jesn Baptiste Carpeaux (1827-1875) y Honoré Daumier (1808-1872), que se distinguen por su espíritu independiente y el vigor de su personalidad. La atención de Rodin se dirige a ellos instintivamente y estudiando sus obras asimila las lecciones más provechosas.
Los trabajos –tan poco conocidos- realizados durante su juventud revelan una habilidad técnica, una facilidad para plantar las formas que asombran a sus compañeros de colegio o de taller. Sin embargo, en los temas que trata todavía no logra liberarse de la costumbre impuesta por la moda. Su timidez y la necesidad de ganarse el pan contribuyeron a que durante muchos años se mantuviera en una rutina que frustraba sus más originales inclinaciones.
Los años pasados en Bélgica, desde fines de 1871 hasta comienzos de 1877 ponen a Rodin en contacto con la escultura barroca flamenca, y el aprendizaje realizado le permite admirar las obra de Pierre Puget, cuyo Milón de Trotona había apreciado en el Museo del Louvre, el San Sebastián de Génes y el San Ambrosio de la Iglesia de Santa María de Carignan. A esa experiencia se suma la revelación en 1875 del arte de Miguel Angel cuya obra conoció en Roma y en Florencia. “Miguel Angel me liberó del academicismo”, dirá posteriormente a Bourdelle. Convencido de las verdades que intuye, a su regreso a Bruselas comienza una gran figura, la primera manifestación del florecimiento de un ser que por fin encontró su camino representado en El vencido, presentada en Bruselas bajo ese nombre en 1877 y posteriormente en París pero ya con su título definitivo de La edad del bronce. El estupor que provoca se debe al sensible modelo de la figura que le vale al autor la acusación de haber esculpido esa obra haciendo calcos del natural. En torno de La edad del bronce. El estupor que provoca se debe al sensible modelado de la figura que le vale al autor la acusación de haber esculpido esa obra haciendo calcos del natural. En torno de La edad del bronce se entabla una verdadera batalla que señala el comienzo de una abierta lucha contra el arte oficial. En los años siguientes cada obra expuesta por Rodin atrae la atención del público. Sus esculturas afirman su respeto por la naturaleza y demuestran su deseo de interpretarla sin producir copias serviles. En su conjunto, la obra de Rodin se basa en raíces profundamente humanas, El posee el don de captar y representar la fugacidad de una impresión, de un gesto y de una pose. En sus personajes inmóviles, que duermen o descansan, percibimos casi como una prolongación de su vida interior.
El Museo Rodin ofrece la posibilidad de estudiar la evolución artística de este hombre que experimentaba intensamente la alegría suscitada por el trabajo. “Siempre viví como un obrero, pero la felicidad de trabajar me hizo superar invariablemente toda dificultad. Por otra parte, apenas estoy inactivo me aburro, y me resultaría insoportable no producir nada. El descanso es monótono y evoca la tristeza de todo lo que se termina”.
Ahora entendemos mejor la cantidad de bocetos y croquis, los innumerables estudios planteados previamente a la realización de un encargo oficial o por el puro placer de crear.
A La edad de bronce le sigue San Juan Bautista predicando (1878-1880). Si consideramos al hombre que camina en su versión original, de 80 cm de altura como primer estudio del San Juan Bautista predicando, podremos medir la distancia que lo separa de la versión definitiva. En el hombre que camina el vigor de su torso mutilado, la premeditada, exagerada acentuación de los músculos que vibran bajo la piel son fruto de una improvisación en presencia del modelo. El equilibrio del cuerpo se basa en las piernas, que se abren en la marcha y tiene los pies adheridos al suelo. El talón del pie izquierdo, que está detrás, debería estar levantado para corresponder a la realidad del movimiento, pero Rodin se atreve a deformar la realidad del movimiento, pero Rodin se atreve a deformar la realidad, actitud que será para él una regla en la consolidación de su estilo.
Simultáneamente con la realización de estas obras –que revelan su valor a un número de defensores todavía restringido- Rodin acepta los trabajos de decoración para el Trocadero (Exposición Universal de 1878).





