National Gallery de Londres

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La National Gallery de Londres, ocupa un lugar muy especial entre las grandes pinacotecas del mundo. En aspectos parciales (épocas, etapas, escuelas, grandes maestros) la superan no pocos museos del Continente. Pero en sus colecciones hay un equilibrio, una sistematización, que no encontramos en ningún otro museo. La visita a la National Gallery no sólo es de rigor para los especialistas, sino para cualquiera  buen aficionado a la pintura, por la sencilla razón de que es allí, y solamente, allí, donde podemos seguir en un solo recorrido todo el curso de la pintura clásica europea, desde su fundación por los primitivos Italianos hasta la gran revolución Impresionista del sigo XIX.
Como, por otro lado, el equilibrio de esta colección se encuentra realzado a cada paso por la presencia de alguna de las grandes obras maestras de cada período, de cada escuela, la visita a la National Gallery no será únicamente el motivo de una reflexión genérica sobre el arte europeo, sino, y sobre todo, una experiencia estética de primer orden. Entre el Duccio y Renoir, La National Gallery nos maravilla con una exhibición rutilante. No posee la mejor colección de primitivos flamencos, pero hay que ir allí para contemplar esa joya del período que es Los desposorios de los Arnolfini, de Jan Van Eyck. No es, evidentemente, el museo de Velásquez, pero es el museo que atesora su Venus del Espejo, obra única de un genio también irrepetible. Y así podríamos continuar hablando de Rubens, de Rembrandt, de los paisajistas holandeses, de la gran pintura inglesa desde Hogarth hasta Turner, de ciertas obras maestras de Manet, de Monet, de Renoir…

Un compendio vivo y magistral
Enumerar estas obras cimeras del arte de todos lo s tiempos es dar una primera impresión, y muy parcial por cierto, de la grandeza de la National Gallery. Pues el sentido principal de una visita a ala National Gallery (y el hilo conductor, por tanto, de una presentación como ésta) no es otro que la contemplación, como en un compendio vivo y magistral, del desarrollo de la pintura europea desde finales de la Edad Media hasta los albores del arte moderno.
Esta peculiaridad de la Nacional Gallery de Londres es consecuencia de una génesis histórica que se asemeja muy poco a la de los principales museos de pintura del resto de las grandes capitales europeas.

Básicamente,  y a diferencia, por ejemplo, del Louvre o del Prado, los fondos de la National Gallery no han sido constituidos a partir de las colecciones de pintura de los antiguos monarcas. El gran coleccionista de la corona británica, y el único comparable en su gusto por la pintura a los Médici, a Francisco I de Francia, a Felipe II y a sus sucesores en España, fue Carlos I de Inglaterra, que en el sigo XVII logró atraer a Van Dyck hacia su corte, se dejó aconsejar por Rubens, y compró , entre otras notables adquisiciones, una de las mejores colecciones renacentistas de todos los tiempos, la que a lo largo de dos siglos acumulado en Mantua la casa ducal de los Gonzaga.
En cambio, la National Gallery se ha beneficiado en último término del apasionado coleccionismo que las clases altas inglesas, más que las de cualquier otro país, practicaron a lo largo de los siglos XVIII y XIX. De tal modo, que la ausencia de unas colecciones reales se ha visto más que compensada por los esfuerzos de estos ricos aficionados, con la ventaja relativa de que la diversidad de gustos, y la natural tendencia de cada coleccionista a una cierta especialización, aseguraron la afluencia hacia Inglaterra de pintura de  todas las escuelas y estilos.

La azarosa creación de la National Gallery, ha sido sin embargo la mejor de las grandes pinacotecas europeas. En 1824, cuando finalmente el Gobierno y el Parlamento se decidieron a habilitar los fondos necesarios para su puesta en marcha,(un total de sesenta mil libras esterlinas) ya estaban abiertos los de Paris, Viena, Ámsterdam, Madrid y Berlín. Curiosamente, la creación de una gran pinacoteca nacional, que en Inglaterra como el resto de Europa había sido una aspiración constante de todos los “ilustrados” del siglo XVIII, encontró aquí más resistencia que en cualquier otro país. Entre los contrarios a tal iniciativa se contó, por ejemplo, el gran maestro del paisajismo inglés, John Constable, cuyas obras se exhiben hoy precisamente en la National Gallery. El gobierno, por su parte, se desentendió de cuantas sugerencias se le hicieron.
Para que la corriente de opinión que postulaba la creación de una galería Nacional lograra imponerse, hubo que apelar a algunos gestos concretos, y sobre todo a los sentimientos patrióticos. En 1823 Sir George Beaumont ofrecía su colección particular a la nación, condicionando la oferta a la provisión de fondos estatales para la construcción de un edificio digno (más de cien años después, el multimillonario norteamericano Andrew Mellon, gran admirador de la National Gallery, recurría a idéntico expediente para forzar la creación de la Nacional Gallery de Washington). Y en 1824, cuando el público tuvo conocimiento de que el Príncipe de Orange había formalizado la compra de otra importante colección, la del banquero de origen ruso Johan J. Angerstein, el Gobierno yo no tuvo más remedio que plegarse ante la marea de protestas nacionalistas que deploraban la salida al extranjero de una de las más importantes colecciones inglesas.

Las sesenta mil libras votadas en 1824 sirvieron, pues, para adquirir la colección Angerstein. La propia casa del financiero, situada en el número 100 de Pall Mall, fue alquilada por el Estado, convirtiéndose así en la primera sede de la Nacional Gallery. Allí se exhibieron también los cuadros legado por Beaumont, así como otra colección cedida en parecidos términos por el Reverendo Holwell Carr.
En menos de diez años los problemas de espacio se habían hecho insoportables. Peor aún; el edificio amenazaba ruina, y hubo que trasladar las colecciones al número 105 de la misma calle. A esas alturas, el prestigio del poderío británico ya no soportaba la merma de una comparación entre aquella precariedad y el esplendor de los flamantes museos del Continente. En 1834 se acometió la construcción del actual edificio, bajo la dirección del arquitecto William Wilkins. Cuando lo inauguraron en 1838, presentaba el mismo aspecto de la actualidad, con su fachada de corte neoclásico dominando por el norte la gran explanada de Trafalgar Square. Cerrando así uno de los espacios más característicos de la capital inglesa. La última ampliación importante ha sido inaugurada en 1975 gracias a estos trabajos, el público puede contemplar hoy en la National Gallery también aquellas obras que sería aventurado colocar sobre los muros junto a los cuadros de los grandes maestros, pero que suelen resultar indispensables para un adecuado conocimiento de la evolución  de las técnicas de la pintura o , simplemente, por su gran valor documental, para la reconstrucción de tal o cual período de la historia europea.
Construido el museo, la política de adquisiciones y de configuración de la colección, que tan excelentes resultados ha llegado a cosechar, no se inicia resueltamente hasta 1855, cuando Sir Charles L. Eastlake es designado primer Director de la Galería.


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