MUSEO DEL LOUVRE

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Vieja y gloriosa institución republicana,  el Louvre es una de las grandes creaciones culturales de la Humanidad. Con afectuosa hipérbole, lo ha comparado Germain Bazin a un Arca de Noé cargada con las obras maestras de los siglos: “si el mundo desapareciera, podría, por si solo, dar testimonio de la civilización, al menos de la nuestra, la de Occidente”. Pero si alguien quisiera agotar el Museo del Louvre, entonces sí, sin exageración de ningún tipo, más le valdría renunciar para siempre, como un monje, al mundo: el inventario de 1934 registraba ya la custodia de 173.000  objetos de arte.
El Louvre es, por lo demás, el padre de cuantos museos existen hoy en el mundo. De Grecia viene la palabra, pero no el concepto. Museion era allí un templo dedicado a las Musas. En casos como el célebre Museo de Alejandría, podía hablarse también de un verdadero centro de estudios. Los antecedentes más próximos del Louvre los hallaríamos en ciertos gabinetes de pintura comunes en algunas cortes europeas, y sobre todo en la gran colección de obras antiguas y modernas reunidas y ordenadas en Florencia por los Medici.

Pero eso es aún simple coleccionismo. El museo moderno, lugar privilegiado del encuentro entre el hombre y su pasado es una creación de la Revolución Francesa.
El museo formaba parte, por así decirlo, del programa revolucionario Sus bases teóricas, formuladas por Diderot, se encuentran implícitas en el racionalismo de la nueva cultura europea, que postula la autonomía de la cultura como hecho independiente de sus servidumbres religiosas y cortesanas. Libre y laica, la cultura va a necesitar en la ciudad espacios propios, que no son ni el castillo del señor ni la catedral del obispo. Las bases prácticas las aporta el mismo desgarrón revolucionario, que saquea las iglesias y los palacios y libera materialmente las obras de arte de sus antiguas funciones devotas y ornamentales. El museo será el lugar donde los hijos de la razón podrán contemplar una madonna sin ponerse de rodillas, y estudiar los retratos del rey sin el permiso de sus cortesanos.

En virtud de un acuerdo de la Convención Republicana, el Museo del Louvre fue abierto, pues, el 1793, con el nombre de Museo Central de la República. Como todas las revoluciones verdaderas, la Revolución Francesa dio muestras de una devoción ejemplar hacia las creaciones artísticas y culturales de ese mismo mundo que, política y socialmente, parecía bajo la guillotina. La burguesía revolucionaria era la heredera legítima de un patrimonio histórico, y a doble título: en tanto que vencedora de los reyes, de la nobleza y de la Iglesia, expropiaba sin remordimiento sus tesoros; y como encarnación histórica de la razón, entendía mejor que sus antiguos propietarios el valor y el sentido de aquellos bienes. El espíritu revolucionario se reviste así de un paradójico espíritu de conservación, magnánimo e ilustrado. En un plazo muy breve, la Revolución pone  las bases de los grandes museos franceses de la actualidad: de ciencias, de artes y oficios, de historia, de bellas artes.

El más vasto palacio del mundo
La utilización del Louvre como sede del Museo Central de la República resultaba perfectamente natural en 1793. No sólo se conservaban en su interior algunas de las grandes obras maestras propiedad de la corona. A lo largo del siglo XVIII el palacio venía sirviendo más como centro de cultura,  que como residencia regia, y el conde d´Aginvilliers , durante el reinado de Luis XVI, había desempeñado sus funciones de director de las obras con el espíritu de un verdadero director de museo, bajo la influencia de las teorías de Diderot.
El Louvre de 1793 no era, sin embargo, el conjunto monumental que hoy impone su presencia abrumadora sobre el corazón de la capital francesa. En ese solar se ha trabajado virtualmente sin interrupción a lo largo de ochocientos años. Una fortaleza medieval.

Mucho más que una pinacoteca, el Louvre es, al propio tiempo, uno de los museos de pintura más importantes del mundo. Se trata, al igual que en otros museos europeos, de una cualidad heredada, por así decirlo, puesto que el Louvre exhibe las colecciones de pintura atesoradas por los monarcas franceses. Pero se trata más aún de una cualidad adquirida: limitadas en su amplitud, y aún en su criterio, las colecciones reales han sido completadas de forma sistemática por las sucesivas administraciones del museo, hasta crear un conjunto que le permite ofrecer un completísimo panorama de la historia de la pintura. Podemos dar la razón a Germain Bazin, en este punto: se puede estudiar la pintura europea, desde Giotto a los Impresionistas, sin salir del Louvre.
De nuevo, como al hablar del edificio, hay que referirse aquí al impulso fundamental dado por Francisco I a lo que  hoy es la pinacoteca del Louvre. El homenaje a París del rey cautivo es, pues, completo de continente y contenido.


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